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ENSAYO DE FERNANDO BÁEZ
[Tlf: (074) 71.53.56 - Fax: (074) 66.01.44. Carrizal B, Casa
158, Calle Los Caobos, Mérida]



DESTRUCCIÓN DE LIBROS


"Mira en la conspiración universal, dirigida al exterminio
del júbilo 
y a la ruina de la belleza, el retorno y el establecimiento
definitivo 
de los antiguos fantasmas del caos y de la nada..."
J.A. Ramos Sucre, El retórico

	
TODOS LOS FUEGOS, EL FUEGO



	No veo cómo comenzar esta historia atroz sin formular
algunas premisas: 
a) La veneración fanática por un libro convertido en un
talismán cultural sagrado causó la aniquilación de miles de
libros.
	Esto y lo que sigue: el fervor extremista asignó una
condición mágica al contenido de una obra (llámese Corán,
Biblia o el programa de un movimiento religioso, social,
artístico o político) y legitimó su procedencia divina (Dios
como autor o en su defecto un iluminado). Es el mito de la
Obra Sagrada, a secas. De ahí, y sin reservas, que
sobreviniera la condena más absoluta, supersticiosa y
oficial de todo aquello que no confirmara semejante postura.
La defensa teológica de un libro considerado definitivo,
irrebatible e indispensable no ha tolerado discrepancias o
manifestaciones de cultura deliberada. En parte, porque la
desviación o reflexión crítica se iguala a la rebelión; en
parte porque lo sagrado no admite conjeturas: supone un
Cielo para sus gendarmes y un Infierno inagotable, domicilio
de penalización con tintes de pesadilla combustible, para
sus transgresores. La verdad, en este sentido, fue y sigue
siendo a priori; principalmente trascendente, propiedad de
un colectivo cuya fe da por sentado que la oposición es
inoportuna e injusta.
	Esta visión nos lleva a un segundo punto:
b) El diálogo del libro estorba el monólogo del fanático.
	El diálogo acuerda la interlocución y el consenso. La
destrucción pretende amedrentar, disuadir, antes que
convencer o persuadir. Subyace en todo esto la creencia de
que el libro sagrado no puede ser cuestionado por meros
mortales. No es, en definitiva, un proyecto dialéctico sino
impositivo, monotemático, aislado. Un vulgar plan de
conquista. El fin superior del proceso castiga la blasfemia
para disipar la corrupción de las tesis o su disolución
pérfida en la duda; la salvación del alma es la meta y no
hay resquicios ni obstáculos que no puedan derribarse.
c) El fuego, con escasas excepciones, ha sido el instrumento
de la mayor parte de la destrucción de libros en la
historia. 
	Como elemento purificador, principio y fin, antes y nunca,
el fuego resulta eficaz al reducir a cenizas la escritura.
Actúa, pues, como respuesta al pensamiento heterodoxo y como
ofrenda a la posición ortodoxa. La quema de libros ha
intentado determinar que dado que el conocimiento es poder
(Bacon dixit) la inversión, es decir, el poder como
conocimiento, se expresa en la eliminación categórica o, por
momentos distraída, del menor atisbo de cuestionamiento o
indiferencia.  
	Importa que el acto sea contundente, irreversible, casi una
moraleja. Yavhé no dudó en hacer uso del fuego para destruir
Sodoma. Desde ese momento en que los atenienses condenaron a
Protágoras y redujeron su obra a las llamas hasta la
persecución contra Salman Rushdie y sus irreverentes "Versos
satánicos", por citar uno de lo signos con que cierra este
siglo, la moraleja (esto es: la disidencia no redunda en
beneficios)  ha probado sus efectos desmoralizantes. Lo
invocado es lo de menos. Bien sea en el nombre del padre,
del hijo, del espíritu santo, Mahoma o del partido, el
horror provocado es idéntico. Todos los fuegos son el fuego
original.
	En el "Fausto" de Marlowe, quizás el mejor de todos o el
más feliz, hay un punto, (Acto V, escena II), en el que
Fausto, ya condenado y conducido por los demonios, grita:
"No te abras, infierno horrible. !Lucifer, no vengas por mí!
!Yo quemaré mis libros!...". Pero no se salva: sus súplicas
son tardías y la promesa de negar el conocimiento, cometido
el pecado letal, no basta. No hay absolución que valga. Y
sus libros, tarde o temprano, cabe imaginar, correrán la
misma suerte.
d) Hay demasiadas definiciones del libro. Yo no tengo
ninguna que difiera de las que he leído, por lo que me
atrevo a resumir con desparpajo: el libro encuentra al
hombre en el lugar donde éste juraría no haber estado nunca.
Símbolo del mundo, diestra objetivación de la memoria
humana, es también la extensión e instauración de un mensaje
espiritual lanzado a través de los siglos condensadamente
con el fin de propiciar el renacimiento o encanto de una
situación o pensamiento. 
	Destruir un libro, por tanto, es rescindir, bajo el más
crudo realismo, su  intención final. La idea (debo darle un
nombre) no es otra que desarticular las bases de su
intemporalidad y domesticar a sus lectores. Negado como
símbolo, negada la humanidad que lo sostiene, negada la
memoria misma en su esencia más íntima, se transforma en una
lección con fines sociales devastadores. La excusa del libro
sagrado o del interés nacional permite, además, sorprender
la confianza de la reflexión crítica o simplemente
alternativa para exponer las condiciones incuestionables de
absoluta devoción de una comunidad por un libro. Una vez
establecido este dominio, cualquier cosa es posible. 
	Cada una de estas premisas se agota en sí misma.
Corresponden a la cara visible de lo que llamo el mito de la
Obra Sagrada, cuyo poder de estímulo y principio devastador
está en sus umbrales. El lado oscuro, sospecho, sólo ha
deletreado tres o cuatro signos en los hechos que ofrezco
seguidamente.

	
GENEALOGÍA DEL DOMINIO




	Uno de los testimonios más antiguos de destrucción de
libros en Grecia se encuentra en las "Vidas de los más
ilustres filósofos griegos" (8,2, 57-58) de Diógenes
Laercio. El pasaje en cuestión refiere: "Aristóteles en
Sobre los  poetas dice que Empédocles es homérico y hábil en
el uso de las frases, metáforas y otras figuras del discurso
poético. Y que entre otros poemas escribió Marcha de Jerjes
y un Proemio a Apolo, todo lo cual fue quemado por una
hermana suya -o por la hija, como dice Jerónimo-; el proemio
fue quemado contra su voluntad, pero lo que se refería a
Persia voluntariamente por ser obra incompleta...". Este
caso de censura familiar fue muy distinto al de Protágoras,
víctima de la censura política y religiosa. Laercio (Op.
cit., 9,52), cuenta que en el siglo V este filósofo fue
condenado por agnóstico. "Sobre los dioses", su escrito,
fue quemado en la plaza pública así como confiscado a sus
poseedores. Protágoras tuvo que huir para no ser víctima de
las multitudes democráticas atenienses. 
	El mismo Laercio (Op. cit.,9) dice que Platón, por su
parte, fue acusado de intentar pegar fuego a los tratados de
Demócrito; quería evitar, a tenor de los rumores mezquinos
de sus colegas, cualquier acusación de plagio debido a las
mágicas coincidencias entre sus escritos y el "Gran
Diacosmos". Hipócrates de Cos, según biógrafos indiscretos,
destruyó la biblioteca del Templo de la Salud de Cnido.
W.H.S. Jones, en su traducción del "Corpus Hippocraticum" de
la colección Loeb, recoge la leyenda imputando al padre de
la medicina un descomunal deseo de impedir que intensos
secretos se difundiesen o pudiesen ser conocidos por
herederos de la gran tradición de los asclepíades. 


****


	La primera gran destrucción de libros, no por fechas sino
por importancia, ocurrió hacia el 640 (ó 644) d.C., cuando
el comandante Amir ibn al-Ass, terminada la conquista de
Egipto, envió una carta al califa Omar I (Umar ibn al-
Khattab), refiriéndole sus hallazgos en la exótica
Alejandría: había encontrado 4.000 baños, 4.000 palacios,
400 teatros, 40.000 judíos y 12.000 comerciantes de aceite.
Posteriormente, añadió a su censo la prestigiosa Biblioteca
de la ciudad no sin pedir instrucciones sobre qué hacer con
el elevado número de libros (como se llamaba entonces a cada
rollo de papiro) que desde el siglo 3 a.C. demandaban el
incómodo orgullo helénico. Omar, príncipe de la fe, heredero
de la piedad de Mahoma, respondió la inquietud de Amir con
pragmatismo: "Si los libros contienen la misma doctrina del
Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no
están de acuerdo a la doctrina del Corán, no tiene caso
conservarlos".  Abd al-Latif, cronista prudente, resumió las
consecuencias de este consejo con frases inhóspitas: "La
Biblioteca de Alejandría fue incendiada y totalmente
destruida...". Los papiros sirvieron para encender el fuego
que calentaba las termas públicas. En lugar de leña, los
textos de Heráclito (quien alguna vez escribió: "El fuego
juzgará y alcanzará todas las cosas"), Hesíodo, Gorgias (el
sofista que dijo: "Nada existe"), Epicuro, Arquíloco,
Crisipo, de la gran mayoría de clásicos, ardieron por seis
largos meses. 
	En el intento por salvar la dignidad y el poder de un libro
juzgado infalible, inimitable y resplandeciente, los
musulmanes ultrajaron millares de volúmenes. Chih-huang-ti,
Primer Emperador de China, Señor Augusto, responsable de la
Gran Muralla, aceptó alguna vez una proposición ministerial
de quemar todos los libros que no llevaran el sello real y
el 213 a.C. centenares de escritos chinos desaparecieron.
Pero el 206 a.C., una guerra civil que no estaba contemplada
dentro de los planes del Emperador, arrasó también con los
ejemplares que llevaban el sello real. En Alejandría la
ambigua orden de Omar causó el exterminio del cuarenta por
ciento de la literatura griega antigua. No obstante, tan
infame episodio no fue excepcional. La cremación de obras se
practicaba desde siglos anteriores. A petición de Eglé
Charmell, historiadora, pude leer en el "Gran Diccionario
Histórico o Miscelánea de Curiosidades de la Historia
sagrada y profana" de Luis Moreri lo siguiente: "Peleando
Cesar contra los habitadores de Alexandria, mandó pegar
fuego a sus navíos, y extendiéndole las llamas a la
Bibliotheca, lo consumieron todo. No habló este dictador en
su Historia de esta desgracia, de la cual era el autor; pero
no se olvidaron de ella Plutarco, Dión y Tito Livio. Erigió
Cleopatra Reyna de Egypto otra Bibliotheca en el Serapeum, y
logró de Antonio la Bibliotheca de Attalo, rey de Pérgamo,
para echar cimientos a la suya". El 47 a.C. ocurrió lo de
César, quien no conforme con el daño hecho sustrajo obras de
contenido militar (que aprovechó, sin dudas de por medio, a
su regreso a Roma). Años después, el emperador Diocleciano
(284-305 d.C.) instigó la desaparición de todos los escritos
de magia y alquimia. Supersticioso en exceso, temió que los
alejandrinos, sometidos a la hipotética Roma que dirigía,
aprendiesen, por procedimiento alquímicos, a convertir
metales en oro y decidiesen recuperar ánimos belicosos.
Algunos historiadores acusan al patriarca Teófilo de haber
sido el verdadero causante del más grave de los daños, por
haber atacado el Templo de Serapis el año 389 y la
Biblioteca el 391 con una multitud enfurecida. 
	La tradición de infamias condenó 600.000 papiros,
aproximadamente, al saqueo y la extinción. Aulo Gelio afirmó
que eran 700.000 rollos. Séneca habló de 400.000. Juan
Tzetzes, comentarista bizantino, quiso mediar explicando que
la Biblioteca estuvo dividida: con 42.800 manuscritos en el
Serapeo y 490.000 en el Museo. Autores modernos resistentes
al sentido común opinan que pudo haber dos millones de
originales. 

*****

	En Egipto fue quemado también "El libro de Toth". Nadie
sabe nada de esta obra, excepto que fue escrita por un
hombre llamado Toth, inventor de la escritura y secretario
de los dioses; asimismo se cree que contenía secretos sobre
el poder del faraón y fórmulas mágicas. En varias épocas
desapareció y conoció las llamas. Una leyenda lo convierte
en el texto de todos los magos que se precien de tal, aunque
ninguna evidencia ha podido probar que existió, siquiera, el
texto original. Un papiro refiere que hacia el 360 a.C. pudo
haber sido objeto de las más oscuras manipulaciones
políticas.

****

	Otra verdadera biblioteca griega maldita fue la de Pérgamo,
cuya historia aportó Plinio en su "Historia Natural" y que
yo, con añadidos inciertos, me atrevo a compendiar. Eumenes
II, monarca irascible,  la fundó en el siglo 2 a.C. en
abierta declaración de guerra con la de Alejandría. En pocos
años, llegó a reunir 200.000 ó 300.000 volúmenes copiados en
un nuevo material: el pergamino, más dúctil, menos
perecedero. Con Crates de Malos (Siglo 3 a.C.) como director
se definió una búsqueda basada en las premisas filosóficas
del estoicismo. Los estudios se orientaron hacia exégesis
logicistas en lugar de análisis filológicos: "...su
principio fundamental es la anomalía, basada en la
observación del uso en el lenguaje hablado". La desaparición
de la Biblioteca de Pérgamo a raíz de las luchas políticas
en el Asia Menor hizo que Antonio (hay quienes hablan de
Augusto) enviara los pergaminos sobrevivientes a su querida
Cleopatra con el leve propósito de donarlos al Serapeo de
Alejandría (era su manera de disculpar la quema del 47
a.C.). Así acabó la segunda biblioteca helenística más
famosa. La rivalidad acabó en ironía, en mueca.
	
*****

	Estrabón de Amasia (Geografía, XVII,I,8 y XIII,I,54) fue el
primero en elaborar una teoría histórica en la que relacionó
la pérdida de los escritos de Aristóteles con el destino
funesto de la biblioteca personal del filósofo.  Al parecer,
éste decidió emplear gran parte de su fortuna en coleccionar
libros de todas las culturas y ya cercano a la muerte,
desentendido, decepcionado, aislado, los legó, junto con las
obras de su autoría, a Teofrasto de Ereso, su discípulo más
leal, quien adquirió nuevos textos, escribió los suyos, y a
su vez los dejó a Neleo, compañero de estudios, y éste a sus
hijos, residenciados en Escépsis, en el Asia Menor. Los
reyes atálicos, para consolidar la Biblioteca de Pérgamo,
iniciaron una pesquisa policial que desató el temor de la
familia e impuso una solución drástica para salvar los
libros: esconderlos en un depósito subterráneo. 
	Doscientos años más tarde, lo que la humedad no destruyó
fue comprado a los descendientes de Neleo por Apelicón de
Teos, un bibliófilo célebre que se atrevió a devolver los
libros a Atenas y a ejercer una filología distraída de
reconstrucción y edición de algunos ejemplares con
lamentables desfiguraciones y errores. Durante la toma de
Atenas por Sila, en el 87 a.C., los libros de Aristóteles y
Teofrasto fueron confiscados. Plutarco (Sulla, 26) nos
cuenta que Sila comprendió que ninguno de los tesoros podía
compararse a este hallazgo y optó por enviarlos a Roma en un
barco custodiado. Otro romano, Lúculo, obtuvo manuscritos y
copias en Amiso. Todos estos ejemplares fueron revisados por
Tiranion, un fervoroso erudito que pretendió ordenar en un
Corpus lo recuperado. Su labor fue completada por Andrónico
de Rodas, décimo director del Liceo, quien, entre el 40 ó 20
a.C., preparó una edición memorable que incluía un quinto
libro con un catálogo de títulos prodigioso. Su lectura se
caracterizó por privilegiar los tratados acroáticos, es
decir, los que estaban redactados para ser escuchados de
viva voz, dividiéndolos en lo que llamó "Organon" para los
lógicos; después estarían los físicos, los psicológicos, los
biológicos, los metafísicos, los éticos y finalmente los
retóricos y poéticos. En su audacia, no resistió la
tentación de sugerir títulos nuevos como el de "Metafísica",
término que, por supuesto, no perteneció a Aristóteles, para
indicar los escritos posteriores a los libros que seguían a
los físicos. Una indicación bibliográfica dio, pues, nombre
a una práctica epistemológica sortaria.
	La versión de Ateneo de Náucratis (Deipnosofistas, I4 3a-b)
difiere de la anterior en un solo punto. Neleo, según él,
pudo haber vendido originales o copias a la Biblioteca de
Alejandría reduciendo considerablemente la cantidad de
textos deteriorados o destruidos. Laercio (Vidas de los más
ilustres filósofos, V,2) y otros autores creían que
Teofrasto fue invitado a Egipto. No sabemos si acudió a la
cita, pero hay testimonios de un probable viaje forzado de
un discípulo suyo, Demetrio de Falero, a la corte de
Ptolomeo I, donde fundó o pensó en  fundar, siguiendo los
principios de clasificación de la biblioteca del Liceo, un
centro intelectual. Las dos referencias que atribuyen a
Demetrio un papel importante en el proceso de constitución
de la Biblioteca de Alejandría no son fiables y sólo parecen
recoger observaciones y rumores. La primera es la Carta de
Aristeas, una explicación apócrifa del siglo II a.C. sobre
el origen de la traducción al griego del Pentateuco. La
segunda relación parece repetir la anterior y es de Juan
Tzetzes, quien en sus "Prolegómenos a Aristófanes" destacó
los nombres de los filólogos que estudiaron a los grandes
dramaturgos y convirtió a Demetrio en el asesor de Ptolomeo
Filadelfo. Laercio (Op. cit., V), escribió que Estratón de
Lámpsaco heredó la dirección de la escuela de Teofrasto y
que fue preceptor de Ptolomeo Filadelfo, generoso mecenas
que le obsequió ochenta talentos. El pago exorbitante, creo,
respondió no sólo a una enseñanza valiosa sino a la entrega
de copias de escritos esotéricos y a la revelación de claves
eficaces para el funcionamiento de una comunidad erudita de
colonización intelectual en Egipto. Por desgracia, los
pillajes y los incendios repetidos, destruyeron a la larga
la famosa Biblioteca y decenas de volúmenes de Aristóteles
se perdieron irremediablemente como los de otros miles de
creadores.

	


****

	Con el advenimiento del cristianismo, resucitó un período
pre-inquisitivo. El 415 d.C. una poblada, seguidora de San
Cirilo,  asesinó a Hipatia, investigadora matemática de la
biblioteca de Alejandría. Su cuerpo fue violado, y la piel
sufrió quemaduras y raspaduras con conchas marinas hasta el
hueso. Tal ferocidad se aplicó a muchos escritos. A falta de
testimonios fehacientes, desconocemos los títulos y la
cantidad que, desaprobados por la Iglesia, fue arrojada a
las llamas. Pero es presumible pensar en un centenar. No
fueron tiempos de clemencia. Eran raros los padres
verdaderamente instruidos; eran abundantes los logoclastas.
Teófilo asestó un golpe bajo a los restos del Serapeo
incitando a sus fieles a demoler piedra por piedra a fin de
erigir un templo a los mártires cristianos. Nuevamente, los
anaqueles sufrieron destrucción y robo. El desinterés por la
literatura pagana que produjo el movimiento cristiano derivó
en la extinción natural de muchos autores. La copia dañada
de un determinado escritor, al no ser reemplazada por una
nueva debido a una desidia continua, se convirtió en una
mala señal con el pasar de los años. Así perdimos miles de
obras. Una convicción fulminante destruyó, con el rigor más
extremo, los libros de los gnósticos y lo que de ellos
conocemos está en los textos de sus acusadores, los cuales,
secretamente, parecen haberlos inmortalizado al recopilar
los fragmentos más relevantes.
	La caída del imperio romano empeoró la paciente labor de
conservación. Alarico tomó Roma con sus hordas bárbaras el
410 d.C. Desde el 24 de agosto, día del suceso, hasta pasada
una semana, la ciudad fue saqueada sin piedad. Las casas
brillaron como antorchas. Los papiros sirvieron como lumbre
en las orgías. 
	Contrario a esta ferocidad, uno de los caudillos de los
godos, cuando éstos encendieron fuegos para destruir las
bibliotecas griegas, levantó su voz diciendo que convenía
dejarlas a los enemigos como cosa idónea para apartarlos de
los ejercicios militares y entregarlos a ocupaciones
sedentarias y ociosas. Montaigne ("De la pedantería",
Ensayos, I), fuente de esta anécdota, la relata como un
modelo contrario que bien puede oponerse aquí a los hechos
expuestos.


****

	En la Roma imperial no hubo ningún cambio en esta lenta y
tenaz destrucción. El defensor de Virgilio, mecenas
respetado y querido, césar incuestionable, el pacífico
Augusto, destruyó millares de obras alegando razones de
Estado. Suetonio relata en su "Vida de los doce césares"
(Libro 3, LXI) que la crueldad del voluptuoso Tiberio no
tuvo límites. Un resentido, al parecer, acusó a un poeta de
injuriar en su obra al mítico Agamenón; otra acusación
peligrosa divulgó la noticia de que un historiador alababa
en su texto a Bruto y a Casio llamándolos "los últimos
romanos". Tiberio, ofuscado, condenó a muerte a estos y a
numerosos escritores destruyendo sus libros con verdadera
saña. Se desconoció que los mismos poetas ajusticiados
leyeron sus creaciones a Augusto, quien las elogió
enormemente. Domiciano procuró contribuir a paliar los
incendios a que habían sido sometidas las bibliotecas por
las incursiones bárbaras enviando mensajeros a Alejandría a
la búsqueda de copias fieles de los grandes clásicos. Esta
labor la acompañaba de una insana tendencia a destruir en
quemaderos públicos todos los libros sospechosos de ofender
su majestad o a Roma (que solía ser lo mismo). Los poetas
eran apaleados y los editores crucificados o empalados.

***


	Para el siglo 5 d.C. la nueva historia de Roma la retomó
Constantinopla, donde la llama de la cultura prendió
nuevamente dentro de los márgenes del imperio Bizantino.
Esta etapa constituyó un renacimiento parcial de la
conciencia helénica porque, según John A. Garraty y Peter
Gay ("Columbia History of the World"), "poseer cultura era
indispensable para hacer carrera. Con la excepción del rudo
Basilio II, los emperadores fueron ejemplares en este
terreno y continuaron favoreciendo a los intelectuales. León
VI el prudente, estudioso de las teorías de Focio, era un
excelente retórico; su hijo Constantino VII convirtió el
palacio imperial en punto de encuentro de estudiosos y
literatos...". 
	Este esfuerzo se mantuvo hasta que la "cristiana" Cuarta
Cruzada arrasó el año 1204 con la urbe y diezmó
considerablemente los papiros y pergaminos antiguamente
rescatados. Durante 3 interminables días, cruzados de
ardiente piedad, sacerdotes y soldados asesinaron, robaron y
destruyeron con "fe" ejemplar. En 1453, la toma de
Constantinopla por los turcos completó la labor de
aniquilamiento. Cientos de manuscritos y obras de arte
fueron incendiados.


LAS PUERTAS INDUCIDAS

	En mayo de 925 d.C., el monasterio de Saint Gall fue
atacado. Uno de los propósitos de los bárbaros era aniquilar
a los monjes y prender fuego al lugar, lo que hubiera
significado el fin de miles de libros resguardados bajo el
mayor fervor. Una mujer, ascética, devota, triste, llamada
Wilborada, ejercía entonces el cuidado de la biblioteca y
tuvo una visión. No sabemos cuál fue, pero entre el
atardecer y la madrugada del día siguiente del primero de
mayo enterró las obras. La crónica relata que finalmente los
sitiados vencieron a sus atacantes; el fuego, de cualquier
manera, consumía el monasterio  y el cuerpo de Wilborada,
mutilado, vejado, erizado en su cólera, yacía sobre un
montón de tierra donde se encontraron más tarde todos los
libros ilesos. Su acto le valió un santidad curiosa y el
patronazgo absoluto sobre los bibliófilos.


*****


	Durante la dominación de los moros en España, Al Hakam II,
protector de artistas, fundó en Córdoba una de las
Bibliotecas más importantes de su tiempo, adquirió textos
raros, envió mensajeros a divulgar su deseo de obtener
copias de los mejores libros del mundo lo que le facilitó la
selección de 400.000 volúmenes,  pero Mohamed Ibn Abi Amir,
mejor conocido como Almansur, heredero forzado en el
califato, militar ávido de fortuna, asesino de su hijo,
apenas muerto Al Hakam II permitió que los teólogos
musulmanes quemaran todos los libros de la Biblioteca que
contradijeran la fe de Mahoma. Este gesto le valió ser
considerado el más piadoso de los hombres, lo cual ratificó
al destruir el santuario de Santiago de Compostela y hacer
que los prisioneros llevaran sobre sus hombros las campanas
de la iglesia. 


*****

	Miles de hombres y mujeres acusados de brujería fueron
purificados con fuego; en su destino estaba, línea por
línea, transcrito el de los libros sospechosos de satanismo
o herejía. Miguel Servet fue quemado el 27 de octubre de
1533 por los calvinistas; una efigie suya había sido
incendiada por los católicos. Con él ardieron sus libros,
donde negaba la Trinidad y la reducía a una sola entidad
platónica. Su muerte le valió a Calvino un efusivo elogio de
Melanchton. Pero a la historia le agradan las simetrías
rebeldes. Esteban Dolet, tipógrafo e impresor, aprovechó un
permiso de Francisco I para editar a Terencio, Rabelais,
Cicerón, Virgilio y otros clásicos; una redada piadosa
encontró en su hogar textos de Calvino y Melanchton e
inmediatamente fue detenido, procesado y condenado a la
hoguera. Tuvo la satisfacción de que el día de su ejecución,
un 3 de agosto de 1546, alguien pensara correcto usar sus
libros en lugar de madera y la plaza de Maubert se llenó de
humo y ceniza.
	Las actividades de la Inquisición perfeccionaron y
legalizaron autos de fé contra el pensamiento alternativo.
De los índices de libros prohibidos (Index Librorum
Prohibitorum) se pasó muy pronto a la acción frenética
contra toda disidencia. Jacobo I de Inglaterra, en 1603,
ordenó destruir todos los ejemplares de "Descubrimientos de
la brujería", obra de Reginald Scott, miembro del parlamento
que, con una inocencia fugaz publicó en 1584 su libro con la
esperanza de demostrar que no existían brujas ni demonios.


****

	Por "Los libros condenados" de Jacques Bergier supe del
Abad Tritemo y de John Dee. Cada uno exige un ensayo aparte,
pero por ahora bastaría con hacer un poco de memoria. Juan
Tritemo, nacido en 1462 y muerto en 1516, antes Johannes de
Heidenberg, fue miembro de una sociedad secreta llamada
Cofradía Celta donde se estudiaba la astrología, la magia,
la cábala, la matemática y la literatura. Un afán de
supervivencia lo acercó a la religión, viéndose convertido
en Abad. Sus estudios fueron resumidos en los ocho tomos de
su "Esteganografía", un manuscrito que, según él, obedeció a
un sueño. La obra, en suma, describía métodos de escritura
secreta y de telepatía y telequinética. Felipe II la hizo
cremar por miedo a su divulgación.
	John Dee, nacido en 1527 y muerto en 1608, fue un personaje
fascinante. No importa si su escritura es torpe,
ingenuamente fantástica y remeda el estilo de su época.  De
por sí, Dee causa una admiración enorme. Gustav Meyrink
historió su vida, pero lo que maravilla es el hecho de que
pasó de una fama tibia a un cálido odio sin demoras. Todo,
por haber publicado en 1659 "A true and faithfull relation
of what passed betwen Dr. John Dee and some spirits", un
libro que describe sus intemporales conversaciones con seres
de otra dimensión a través de una piedra negra de antracita.
Esos seres se habría puesto en contacto con él a la búsqueda
de un acercamiento provechoso. Su forma de viajar es en el
tiempo. Antes de la aparición de este volumen, ya una plebe
enardecida saqueó su casa y prendió fuego a los cuatro mil
libros de su biblioteca. Igual suerte corrieron numerosos
manuscritos de notas. Hoy en día sólo podemos leer "La
mónada jeroglífica" en traducciones de dudosa autenticidad.

****


	El 10 de mayo de 1933 los nazis convocaron a una gran
asamblea nacional para destruir los libros de todos los
opositores o autores de origen judío. Las obras de Freud,
los rosacruces y Thomas Mann, entre muchos, fueron
condenadas por Joseph Goebbels al fuego. Una película que
recoge el momento en Berlín muestra a estudiantes,
filósofos, profesores, escritores, poetas, políticos, niños,
arrojando libros a la pira con alegría inefable tras la
mención del título.
	La persecución contra una obra y su autor responde a la
temerosa debilidad que cuestione. El grado de animosidad y
empeño en la labor no es ajeno a las circunstancias que
exponga al ridiculo. Las "Cartas filosóficas" de Voltaire,
publicadas en abril de 1734, provocaron la ira de la
iglesia, el escritor fue detenido y un decreto del
Parlamento, tres meses después, autorizó a un verdugo a
desgarrar y quemar las epístolas por "inspirar el
libertinaje más peligroso para la religión y para el orden
de la sociedad". 
	En el siglo XX se me ocurre que los dos casos más
desleznables son los de James Hanley y Salman Rushdie. Hay
otros, por supuesto, pero busco solamente una escandalosa y
avara representatividad. Del primero se oye hablar poco y se
lee menos, pero no fue un escritor mediocre. Autor de "El
Chico" (1931), novela extraordinaria que narra la iniciación
de un joven marino, sufrió un proceso judicial y en 1934 la
policía decomisó su libro. En añadidura, Hugh Walpole,
escritor y misterioso vocero de las buenas costumbres
inglesas (que nadie conoce) destruyó un ejemplar en público
y cientos más fueron quemados. Walpole llegó a manifestar
que la obra "es tan desagradable y horrible, tanto en la
narración como en lo incidentes que se relatan, que me
extraña que los impresores no se hubieran declarado en
huelga mientras la imprimían...". Con Salman Rushdie,
escritor inglés de origen hindú, el ensañamiento ha sido
inescrupuloso y constituye un anacronismo inadmisible: sobre
él pesa una condena a muerte lo mismo que sobre sus "Versos
satánicos", una novela mediocre e impulsiva que tiene el
mérito de haber ridiculizado el fundamentalismo en sus
axiomas centrales. La persecución contra Rushdie es
indescriptible: protegido por Scotland Yard, vive a merced
de una mudanza continua en Inglaterra y de los múltiples
amigos que ha sabido ganarse en el mundo intelectual. En
Irán fue quemada su obra y algunas librerías inglesas
dinamitadas.
	En un régimen político, militar o religioso despótico el
libro deja de ser un instrumento de conocimiento y sólo se
acepta como entretenimiento o propaganda. La Unión Soviética
o China o Thailandia o Vietnam. El nombre no importa: el
terrorismo aplicado no modifica sus métodos: incineración de
libros y enjuiciamiento popular del autor. Si hay algo que
recriminar a la antigua Unión Soviética no sólo serían sus
incontables crímenes impunes sino no haber permitido, ni
siquiera en la disidencia, la aparición de una literatura
próxima a la magnífica vertiente de Dostoievsky y Tolstoi.
Gorky no es una excepción, es la confirmación de esta
profunda grieta abierta en medio de la narrativa rusa. Lo
mismo debo decir de la narrativa y poesía española cortada
en dos mitades por el terror del régimen de Francisco
Franco. La prohibición, la censura, no son las formas de una
dictadura: hay que verlas como su contenido.

****

	El miedo, el arrepentimiento o la decepción ha impulsado a
algunos autores a destruir sus libros. Nostradamus quemó su
biblioteca para evitar que el contenido de sus volúmenes
sobre astrología y magia llegaran a manos equivocadas.
Edgard Allan Poe, deprimido por lo que consideró como
mediocres poemas, buscó y destruyó todos los ejemplares de
su primer libro de poemas que logró encontrar. 

CLAVE IMAGINARIA

	Multiplicando sus incertidumbres, la historia de la
literatura ha expuesto en cuatro grandes momentos la
terrible verdad histórica presentada aquí. Bajo los signos
compartidos de una propuesta universal, la destrucción
imaginaria de libros ha procurado ser fiel a las más
venerables y conmovedoras metáforas del mundo y del hombre.
Quevedo hablaba de que su llama podía nadar en agua fría sin
extinguirse: algo de eso y tal vez menos o más, se cumple en
el origen, que es el fin, de la obra que describe, como un
espejo inverso, la eliminación de volúmenes por el fuego. La
narrativa ha asumido dos posiciones: la de los hombres que
queman los libros que conducen a la locura o la de los que
desean abolir el pasado. Entre estos dos extremos de una
moneda única todo sucede.
	La más célebre quema de libros hecha en una novela,
inolvidable, íntima, es la que presenta Cervantes en el
capítulo VI de la primera parte de "Don Quijote". Nadie
puede no recordar al cura y al barbero (que es como decir la
iglesia y la censura) cuando entran en la biblioteca de
Alonso Quijano, dormido entonces, y consiguen un centenar de
textos, en su mayoría novelas de caballerías que proceden a
revisar y seleccionar, aunque la sobrina y el ama piden una
hoguera expedita. Por el "Amadís de Gaula" que se salva por
ser el primero y el mejor de todos al corral y al fuego irán
"Las sergas de Espladián" y todos los epígonos junto con
"Don Olivante de Laura", "Florismarte de Hircania", "El
caballero Platir", "El caballero de la cruz", "Palmerín de
Oliva", "Don Belianís" y otros. Al despertar, la sobrina
explica que la biblioteca ha desaparecido por obra de un
mago y don Quijote cree perfectamente que un tal Frestón ha
sido el destructor. El capítulo sirvió a Cervantes para
hacer una crítica poderosa contra los dominios sesgados y
mediocres de una tradición que distrajo y falsificó la
lectura de libros serios y calificados en pro de una
frivolidad de dicha oscura.
	Henry James dijo que Nathaniel Hawthorne "se las arregló, a
través de un exquisito proceso, mejor conocido por el mismo,
para transformar un pesado fardo moral en la sustancia de la
imaginación". En efecto, en "El Holocausto del mundo" narra
una fábula universal: hastiados del excesivo cúmulo de
conocimientos y cosas, los hombres deciden, en las praderas
del Oeste, encender una gigantesca hoguera donde arrojan
periódicos, revistas, signos heráldicos, condecoraciones,
licores, armamentos, todo lo que ha hecho y deshecho la
tecnología o la mecánica o el ingenio, incluyendo los
libros. Hawthorne refiere con extraña fruición puritana:
"Allí fueron a dar infolios gruesos y pesados que contenían
los trabajos de lexicógrafos, comentaristas y
enciclopedistas, los cuales, tras caer en las brasas con
pesadez de plomo, ardían sin llama hasta ser cenizas, como
leña podrida. Los pequeños y exquisitamente sobredorados
tomos franceses del siglo pasado, entre ellos los cien
volúmenes de Voltaire, crepitaron soltando una brillante
lluvia de chispas y llamas diminutas; mientras que la
literatura actual de ese mismo país ardía en rojo y azul y
bañaba con luz infernal los rostros de los espectadores,
confiriéndoles un aspecto de demonios multicolores. Un
compendio de cuentos alemanes exhalaba tufaradas de azufre.
Los clásicos ingleses resultaron ser excelente
combustible...Las obras de Milton, en particular, emitieron
una potente llamarada y, poniéndose al rojo, se convirtieron
en un carbón que prometía durar más casi cualquier otro
material de la pila. De Shakespeare brotó una llama de tan
maravilloso esplendor que las gentes se protegían los
ojos...y ni siquiera cuando arrojaron los tratados de sus
glosadores dejó de despedir un fulgor deslumbrante...".
	Por último, se comprende que para aniquilar la raíz de los
males del mundo es preciso quemar el corazón del hombre y en
ese punto el relato se detiene, feliz y confuso.
	En 1953 Ray Bradbury publicó "Farenheit 451", título que es
a la vez un dato que informa sobre la temperatura que hace
falta para cremar un libro. En esa novela angustiosa y
nostálgica, en la línea de "1984" de George Orwell y "Un
mundo feliz" de Aldoux Huxley,  hay un futuro en el que los
libros están prohibidos y un cuerpo de bomberos se encarga
de incinerarlos sin demora ante los peligros de que, leídos,
perturben la enajenación y ortodoxia vital del sistema
imperante. Montag, al concluir la persecución desatada en su
contra, se une a los disentes, vagos que llevan en su
memoria un libro completo o el capítulo de un libro y
esperan reunirse con otros como ellos para así intentar
reescribir a los grandes clásicos desaparecidos por los
decretos oficiales. Itelio, romano de alta alcurnia, tenía
en su casa un cuerpo de cien esclavos a los que llamaba para
la sobremesa. Cada uno recitaba un largo texto de memoria y
entretenía a los comensales con Homero, Virgilio, Píndaro.
En la obra de Bradbury la memoria es un recurso para
sobrevivir en un futuro hostil.
	Borges, en "El Congreso", relato incluido en "El libro de
arena" rescata a Hawthorne por completo. Un periodista
llamado Alejandro Ferri se une a El Congreso, un grupo
dirigido por Alejandro Glencoe. Apolíticos, universalistas,
los congresales creen que representan el mundo y deciden
incorporar a representantes de todas las tendencias y
géneros. El fracaso de la empresa termina con una gran
hoguera donde son quemados todos los libros recopilados
(enciclopedias, atlas, la "Historia Naturalis" de Plinio,
obras de diversa procedencia). Fernández Irala, uno de los
miembros, comenta: "Cada tantos siglos hay que quemar la
Biblioteca de Alejandría".
	Como corolario y desde otra perspectiva, borgiana, erudita,
intencionadamente cínica, hay que citar "El nombre de la
rosa" de Umberto Eco. Como se sabe, los asesinatos cometidos
en esa novela obedecen a los celos extraños de un monje
bibliófilo que pretende evitar que el mundo conozca el único
ejemplar existente del segundo libro de la "Poética" de
Aristóteles que, al parecer, era una defensa de la comedia.
La biblioteca secreta del monasterio, al final, arde sin
dejar rastro. Adso de Melk, protagonista y narrador señala:
"La lámpara fue a parar justo al montón de libros que habían
caido de la mesa y yacían unos encima de otros con las
páginas abiertas. Se derramó el aceite, y en seguida el
fuego prendió en un pergamino muy frágil que ardió como un
haz de hornija reseca. Todo sucedió en pocos instantes: una
llamarada se elevó desde los libros, como si aquellas
páginas milenarias llevasen siglos esperando quemarse y
gozaran al satisfacer de golpe una sed inmemorial de
ecpirosis..." (Ob. cit., p. 5). 
	Habría otros ejemplos que citar, como en todo lo dicho,
pero no he buscado escribir un informe policial; me limito a
aportar referencias y temores. Que, si me escucha con los
ojos, me disculpe Quevedo, por la omisión de sus "Sueños", y
en renglón seguido extiendo las disculpas a Lovecraft,
Orwell, Zamyatin, Huxley, en fin. 

****

	Hasta aquí, segmento tras segmento, época tras época, el
resumen de esta historia. Dante, perplejo y aterido,  en el
canto XXV del Infierno (46 y sgs.), cuenta cómo una
serpiente con seis pies se transforma en hombre y los
colores de ambos seres se confunden sin que predomine el de
uno o el otro .  Una transformación y ambigüedad parecida
corresponde a los vértices de los hechos, incompletos,
dispersos, que me propuse, con la más minuciosa parcialidad,
referir en estas páginas. No es ni deben verse en blanco y
negro ni eludirse como tal. La hoguera de ayer, creo, es la
de hoy, la misma que arde aún en estas líneas con fulgor
intacto. 
	El dilema, lo reconozco, sigue vigente: ¿Por qué destruyen
libros los hombres? He formulado ya una teoría donde
atribuyo la causa a la histeria colectiva causada por el
mito de la Obra Sagrada. Tal vez no sea del todo cierto; tal
vez, y hay que atender esto, los motivos profundos estén en
una declaración de Fred Hoyle, astrónomo y novelista. En "De
hombres y galaxias", escribió que cinco líneas bastarían
para arruinar todos los fundamentos de nuestra civilización.
Esta posibilidad terrible, impertinente, codiciosa, nos
aturde y no habría razones para no pensar que, tras la
excusa autoritaria, se esconda la búsqueda obsesiva del
libro que contenga esas cinco líneas. La conspiración, así,
quedaría evidenciada.

Con todo el escepticismo posible, ofrezco un índice de
lecturas:

Anthon, Charles. A Classical Dictionary of the Greeks and
Romans, 1857.
Bergier, Jacques. Los libros condenados, 1971. 
Cantarella, Raffaele. La literatura griega de la época
helenística e imperial, 1972.
Easterling, P.E.- Knox,B.M.W. The Cambridge History of
Classical Literature. I. Greek literature, 1985.
Garraty, John A. Gay, Peter. Columbia History of the World,
1972.
Gibbon, Edward. The decline and fall of the roman empire,
1839.
Kenyon, F.G. Books and Readers in ancient Greece and Rome,
1951.
Laercio, Diogenes. Lives of eminent philosophers, 1972. 
Ossa, Felipe. Historia de la escritura y la letra impresa,
1993.
Pfeiffer, Rudolf. History of classical scholarship. From the
beginning to the end of the helenistic Age, 1968. 
Pichon, Jean-Charles. Histoire universelle des sectes et des
sociétés secretes, 1969.
Pinner, H.L. The World of Books in Classical Antiquity,
1948.
Rosarivo, Raúl M. Historia general del libro impreso, 1964.
Turner, E.G. Athenian books in the fifth and forth
centuries, 1952.
Varios. Paulys Realencyclopaedie Der Classischen Altertums-
Wissenschaft, 1893 y ss.
Wilson, N.G. Scribes & Scholars. A Guide to the Transmission
of Greek and Latin Literature, 1968.


(Dedicado a Napoleón de Armas)